domingo, 4 de octubre de 2015

LA PESTE DE LA PRISA


  


  Creación y destrucción; amor y sexo; sueños, realidad y magia; descubrimientos e inventos; atraso y progreso; mitología, creencias y filosofía; paz y guerra; vida, muerte e inmortalidad; recuerdo y olvido; historia e intrahistoria; pasado, presente y futuro; amor, desamor y celos; cordura y locura; premonición y destino; familia y soledad; y, por encima de todo ello, la palabra. Palabras adiestradas, dominadas y dominadoras, abrillantadas, pulidas, multitudinarias, ingeniosas, metafóricas, certeras, mágicas...

- "El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".

- " Las letras parecían ropa puesta a secar en un alambre, y se asemejaban más a la escritura musical que a  la literaria".

- " No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo".

- "Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de los primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: "tas". Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo (...) Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita".

   En un mundo donde las palabras mutiladas agonizan en cualquier renglón, la obra de García Márquez nos salva, durante su lectura, de la tristeza causada por la Peste de la prisa.

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