lunes, 22 de febrero de 2010

DESTELLOS




Como cada anochecer, el cielo, anegado en la oscuridad, sumergió al pequeño pueblo pesquero en una rotunda negrura, apenas profanada por algunos destellos amarillentos que, con timidez, escapaban de las minúsculos caseríos que bordeaban la costa. Eran las tres en punto de una fría noche de enero.
Tras varias horas de navegación sin rumbo entre la blancura, Lara había recurrido a la leche con miel para conciliar el sueño, pero aquel remedio, que tantas veces su abuela le había calentado con éxito, no lo tuvo en esta ocasión. Quizá porque el cariño era otro ingrediente indispensable de la receta, pensó, o quizá porque el gusano del desamor se deslizaba entre las sábanas con la libertad del que se siente en casa.
Raúl, por su parte, previendo que le esperaba una noche en vela, optó por agarrar los apuntes de literatura española del siglo XX. Todo parecía seguir su curso, el tedio iba adormeciendo sus sentidos, pero un poema de Cernuda arrojó una enorme jarra de agua fría que lo dejaría despierto durante horas, filosofando sobre la verdad del amor, Si el hombre pudiera decir lo que ama...
Irreverentes, los números rojizos del despertador de Luis se proyectaban en el techo de su habitación, por el que, a modo de pasarela, había visto desfilar a otros tantos dígitos: luminosos, erguidos y, en ocasiones, desafiantes. El reloj acabó estrellándose contra el suelo y Luis confundiendo los minutos con las horas y comprendiendo por primera vez el título de aquella canción de Sabina, Diecinueve días y quinientas noches.
La quinientas cincuenta y cinco ovejas que Rosa había contabilizado empezaban a cansarse de saltar una y otra vez aquella pequeña valla despintada. Por lo que optó por dejarlas descansar en paz, desde luego, aquellas no eran horas para el ejercicio. Lo que no sabía Rosa es si los pobres carneros lograrían yacer plácidamente, pues la caja de los truenos se abrió al instante.
Como cada anochecer, el cielo, anegado en la oscuridad, sumergió al pequeño pueblo pesquero en una rotunda negrura, apenas profanada por algunos destellos amarillentos que, con timidez, escapaban de las minúsculas almas que bordeaban la costa.Eran las cinco en punto de una fría noche de enero.