lunes, 8 de junio de 2009

FUGA DE CEREBROS


La travesía en coche hasta el trabajo da para mucho y hoy lunes, después de conocer el resultado de las elecciones gracias a una de mis voces radiofónicas preferidas, la de Juan Ramón Lucas, mi mente no hace más que divagar sobre el motivo por el que al final decidí no ir a votar: abulia, desgana, inapetencia, desilusión, incredulidad ... lo que me faltaban eran motivos para molestarme en dar un paseo con el fin de introducir una papeleta en un sobre. Y es que puedes dormir a la derecha o a la izquierda del colchón debido a que ese lugar te resulte más cómodo ,pero esto no le garantiza a uno conciliar siempre un buen sueño.
Pues bien, con las ideas agolpadas en mis sienes y convencida de que no votar podría ser interpretado como un castigo a la fantochada política de los últimos tiempos, me ocurrió con una columna de El País lo que a veces me ha pasado con ciertas canciones, que parecía estar escrita para mí: Juan José Millás, maestro en el manejo del binomio lenguaje-pensamiento, hablaba sobre el dilema moral del electorado ante la acción de votar. En mi caso no voté gracias a ese circunloquio político que nos lleva a ninguna parte y que se arrojan a la cara unos a otros, u otros a unos, lo mismo da. No les vendrían mal unas cuantas clases de español y algunas otras de franqueza.

EL ENCÉFALO
Qué dilema, Dios, el del contribuyente. O va a las urnas y da por buena una campaña que ha competido en zafiedad, incultura y mal gusto con los programas más tirados de la tele, o no va y permite que cada uno lea su abstención como le convenga. También puede ir y votar en blanco, pero tiene uno la impresión de que ese voto es una respuesta floja, inane, a la agresión intelectual de que hemos sido víctimas durante las dos últimas semanas. Se dice pronto: 15 días con sus telediarios, con sus mítines, con sus horas de radio, con sus cuñas publicitarias, con sus decenas de titulares periodísticos, de editoriales, de tertulias, sin que en medio de toda esa palabrería ( que ha costado una pasta) apareciera una sola idea. De haberla visto, habríamos corrido tras ella para atraparla o para que nos atrapara. El pensamiento es una conquista dura, una escalada. Y nada garantiza, por alto que hayas llegado, que no puedas precipitarte de nuevo a la barbarie. Que un pais con la historia de Italia vote a Berlusconi debería hacernos reflexionar. El mal está ahí, a la vuelta de la esquina. Y se puede caer más bajo todavía, no hay límites en el descenso a los infiernos, en la decadencia política, en el declive cultural.
Pues ya decimos, ni una idea en toda la campaña, ni un pensamiento organizado, nada. Unos por vocación, otros por torpeza, todos se han aplicado a la tarea de evitar la creación de un escenario donde fuera posible el trabajo del encéfalo. Da pánico asomarse al campo de batalla. Yo votaré, claro, pero al borde del desaliento, quizá por cobardía, por aquello del mal menor, pero también porque en la abstención percibo a veces cierta insuficiencia, cierto sentimiento de superioridad que no comparto. Ahora bien, al día siguiente de las elecciones habría que hacer algo, porque esta mierda no puede continuar así.

JUAN JOSÉ MILLÁS

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